19 marzo, 2018
Agárrate al frío
13 marzo, 2018
Ave fénix
Todo tiene un principio y el de esta historia es reciente, pero parece que ocurrió hace mucho tiempo. Aún así, como en todo relato, es necesario contarlo para saber en qué punto de la narración nos encontramos y tratar de intuir el (tal vez fatal) desenlace.
06 agosto, 2015
Monstruos bajo la cama
Martes, 4 de agosto de 2015
Todo ser humano tiene ese lado oscuro que trata de mantener oculto más que para los demás, para sí mismo. Es la parte en la que sabemos que escondemos nuestros miedos, nuestras frustraciones, nuestros complejos y nuestras peores pesadillas. Son los monstruos que escondemos bajo la cama, o tal vez esa alfombra vieja y pesada que los retendrá mientras nadie mire debajo. Aunque sepamos que están ahí, al acecho, no nos asomamos por miedo a que nos devuelvan la mirada y vuelvan a hacerse reales.
El problema viene cuando queremos guardar otro monstruo bajo la cama y levantamos la colcha para ver si hay hueco. Y de pronto un montón de ojos brillantes aparecen como luciérnagas en una noche de verano. Esta vez no va a ser posible impedir que tomen el control, porque se han unido para salir en estampida. Es imposible retenerlos a todos y se hacen fuertes en nuestras más profundas dudas, en nuestros miedos más irracionales, en los recovecos más oscuros de nuestra mente retorcida y complicada. Rugiendo de gozo por haber roto sus cadenas toman el control de nuestras emociones y sólo podemos quedarnos agazapados en una esquina, esperando a que se cansen, que el tiempo los apacigüe y tal vez podamos tener la fuerza de voluntad suficiente para cazarlos de nuevo. Uno a uno. Con un considerable esfuerzo y desgaste.
Nunca somos lo suficientemente cuidadosos ni tenemos la energía suficiente para poder contenerlos. Están ahí, acechando, esperando ese momento justo de debilidad. Entonces es cuando clavan las garras en nuestro estómago y lo retuercen hasta encontrar el anclaje de sus colmillos en nuestro corazón, en nuestro cerebro y en nuestra alma. Podremos sobrevivir al asalto, podremos rechazar el ataque, pero las cicatrices serán profundas y sangrantes y aunque lleguen a curarse, habrá un dolor sordo que nos recordará continuamente que pudimos haber perdido la batalla. Y con ella a nosotros mismos.
Están ahí, aunque habitualmente no queremos verlos. Están ahí aunque los guardamos bajo llave para confiar en que dejarán de existir por sí mismos. Están ahí porque aún recordamos el dolor intenso de esas cicatrices que hemos maquillado con capas de falsas sonrisas, forzados sentimientos y pobres justificaciones.
No deberíamos levantar nunca la alfombra para ver qué hay debajo. No deberíamos asomarnos bajo la cama para husmear en la oscuridad. No deberíamos… Y sin embargo no podemos evitarlo. Y ésa será la ocasión que estaban esperando los monstruos. Tus monstruos. Tú mismo.
22 julio, 2015
Mi bastión (mi marido)
Miércoles, 22 de julio de 2015
Creo que nunca he tenido el valor de dedicarte un texto completo única y exclusivamente a ti. Es posible que lo hiciera por vergüenza de lo que pensarías de mí o de lo que pensarían los demás sobre ti. Pero esta vez me da igual, porque creo que no voy a poder siquiera acercarme a la realidad ni definir con absoluto detalle todo lo que quiero expresar.
Sí, tú eres mi bastión. Eres mi última defensa siempre que lo necesito, donde me protejo y me siento seguro, donde sé que siempre puedo escapar cuando el peligro acecha y que se mantendrá firme contra viento y marea.
En los momentos mejores y en los peores, nunca has renunciado a mí, a seguir queriéndome, a amarme con esa discreción y delicadeza que te caracterizan. Incluso cuando más motivos te he dado para darme la patada definitiva de tu vida, preferiste sacar las garras y luchar por nosotros, dándome razones para comprender que quien te demuestra tanta tenacidad y confianza en una relación no merece más que le devuelvan el favor.
Has sido mi enfermero en las (pocas) ocasiones en las que te he necesitado, has sido hombro sobre el que llorar incluso cuando no querías preguntar qué me ocurría, has acariciado y besado mi cabeza para calmar mis pesadillas, me has mirado a los ojos cuando has sabido que la respuesta que te daba era una evasiva, has apretado más fuerte el abrazo cuando los sollozos arreciaban, has conseguido que una sonrisa aflorase cuando ni yo mismo pensaba que era posible, has sido compañero de viaje en la vida sin pedir casi nada a cambio, has sido amo de casa y marido a tiempo completo, has organizado mi caótica vida para que yo no tuviera que preocuparme por detalles, has hecho lo posible por acomodarte a mis manías y lo sigues haciendo, has impuesto tu opinión tras batallar conmigo y mis pobres argumentos, has vuelto a dirigirme la palabra incluso cuando debía haber sido yo el que comenzara con un “lo siento”, has permitido que durmiera sobre ti incluso si se te dormía el brazo, has conseguido sorprenderme con cada regalo aunque no te diera ninguna pista, has soportado mis devaneos y mis mentiras sin que sepa aún por qué, has esperado pacientemente todas las veces que he llegado tarde a nuestras citas, has sido capaz de dejarme entrar en la ducha contigo pese a lo apretados que estamos porque sabes que me encanta, has convertido nuestra casa en un hogar –nuestro hogar-, has sido un defensor implacable cuando lo he necesitado, has sido mi mejor apoyo incluso cuando sabías que no tenía razón, has aceptado mi faceta más friki y me has dado libertad para disfrutarla, has esperado en la cama a que llegase más tarde de lo debido porque me he quedado hasta las tantas haciendo demasiado ruido con el teclado, has planchado mis camisas de lino sin rechistar más de la cuenta, has deshojado todos los cumplidos del mundo cuando me he puesto un traje que me quedaba bien, has permitido que el cajón de mi ropa interior favorita esté a punto de reventar aunque en parte sea gracias a ti, has consentido que te coja de la mano por la calle de vez en cuando pese a que tú no eras de expresiones públicas de afecto, has disfrutado conmigo de una boda entre nuestros mejores amigos porque sabías que me hacía mucha ilusión, has permitido que al dormir te abrace y me apriete contra ti pese al calor que desprende mi cuerpo…
Podría estar horas y horas detallando por completo estos casi catorce años juntos y aún así no habría llegado a trazar mínimamente el boceto de lo que significas para mí. Y sé también que detestas profundamente ser el centro de atención aunque te lo merezcas. Esta noche me da igual. Esta noche quería por fin hacerte el protagonista de mi historia, porque en mi vida eres más protagonista que yo.
Te quiero, marido mío. Mi oso, mi “hoyitos”, mi otro montón de apodos cariñosos que hemos ido dejando por el camino. Te amo no sólo por lo que eres, sino por lo que soy yo cuando me siento seguro entre tus brazos.
17 julio, 2015
Sólo una pesadilla
Sábado, 18 de Julio de 2015
El joven vampiro caminaba sin saber muy bien ni dónde estaba ni hacia dónde se dirigía. Una espesa niebla lo envolvía todo y evitaba que se divisara más allá de unos centímetros de sus ojos. Ni tan siquiera sus sentidos agudizados al máximo lograban traspasar esa barrera impenetrable, lo cual indicaba que tenía algún componente mágico o sobrenatural. Aún así seguía caminando más por la fuerza de la costumbre que por un verdadero deseo de llegar a ninguna parte.
De una forma casi instintiva, notaba a su alrededor presencias que le susurraban en un lenguaje que desconocía. Poco a poco fue captando palabras sueltas y finalmente descubrió que era una cacofonía de gritos y voces que se dirigían a él directamente, alejándose y acercándose para dejar mensajes muy perturbadores.
“No vales nada, estúpido chupasangre, no vales nada de nada. ¡Inútil!”
“Estás solo, ¿es que no lo ves? Nadie te va a ayudar, ni siquiera tú mismo”
“Ya no sabes ni cómo se llora, has perdido hasta esa pizca de sentimientos que te quedaban. No eres más que un cadáver andante”
“Tú eras un Príncipe, estabas en la cumbre. Y ahora nadie se acuerda de ti. Tus tiempos de gloria pasaron, pero sigues sin asumirlo. ¡Imbécil!”
“Todos estaban a tus pies… O eso creías. Te engañaste a ti mismo, todo fueron imaginaciones tuyas. Lo único que hacían era estar cerca de ti para reírse más de tus estupideces”
“¿Crees que contabas con aliados? ¿Con amigos? No les sirves de nada, no tienes nada que ofrecerles. Deja de ser una carga en sus vidas. ¡No vales nada!”
“Nunca supiste defenderte bien de tus enemigos, hicieron lo que quisieron contigo. Todas las batallas importantes se han librado dentro de esa cabeza hueca que tienes. Y siempre las perdías tú, ¡qué irónico!”
“La ilusión de tu supuesta Humanidad no engaña ni a un ciego. La perdiste hace tiempo y ahora te agarras a la esperanza de que no eres un monstruo. Bienvenido a la realidad, monstruo de caricatura”
“¿Fuerza de voluntad? Nunca tuviste ni una centésima parte de la necesaria para hacer nada por ti mismo. Sólo te dejabas llevar. Y ni siquiera eso lo haces bien”
“Te haces viejo. Más aún. ¿Esperas que el tiempo te respete? Se nota a la legua que ha sido bastante cruel contigo”
“Tuviste tu propio Rebaño y si no los has matado tú, te han ido abandonando cuando les han ofrecido vitae más exquisita. No sabes ni retener a los mortales”
“¡Cobarde! Siempre murmurando que vas a ver el próximo amanecer y antes de que asome el primer rayo corres a ocultarte en lugar seguro”
Las voces seguían disparando con mucho acierto y las sentía como golpes físicos que le vapulearan constantemente. El vampiro intentó seguir avanzando hasta que las fuerzas le fallaron y cayó de rodillas. Se sujetó la cabeza con las manos y trató de gritar, pero sólo consiguió que unas lágrimas carmesí brotaran de sus ojos. Deseaba alejarse de aquellas voces, pero sólo se hacían más y más fuertes.
De pronto, inspirando un aire que no necesitaba para llenar sus muertos pulmones, se despertó de la terrible pesadilla con la sensación de que aún sentía aquellas voces rebotando en su cabeza. “Malditos Malkavians, pensó, ¿qué les habré hecho yo para que me torturen así?”
14 julio, 2015
Estaciones de paso
Martes, 14 de julio de 2015
Mi marido, que siempre guarda sus perlas ocultas de grandísima sabiduría para iluminarme, dejó caer el otro día mientras conducía de vuelta a casa una frase tan obvia, que no se me había ocurrido nunca: “cariño, nosotros sólo somos estaciones de paso.”
En ese momento hablábamos de un conocido que durante unos meses se ha convertido en un nuevo amigo con el que es agradable estar, con quien decides cenar de vez en cuando y su compañía empieza a ser una pequeña rutina en tu vida. Sin embargo, esta situación cambia cuando aparece el amor (en su vida, la mía la tengo ya bastante cubierta en ese sentido). Unido a que debe cambiar de ciudad por trabajo, que su familia está lejos, que tal vez se sienta un poco solo, ahora ocupa prácticamente todo su tiempo en su incipiente relación. Por lo tanto, los ratos con los amigos se han reducido a la mínima expresión. Las emociones fuertes es lo que tienen. Una frase que yo uso mucho: “antes tenía amigos y ahora tiene pareja”.
Pero es cierto que la perla de sabiduría provocó una cierta reflexión que quería compartir y por eso retomo mi polvoriento blog para ello. Ser estación de paso. Porque cuando los viajeros se detienen en una, tal vez no sean conscientes de que no van a permanecer demasiado tiempo, pero siempre el justo para disfrutarla, aprovechar la sombra de interior, cobijarse del frío y la lluvia o bien tomar un café para despejarse antes de coger el siguiente tren.
Y los trenes, lo queramos o no, nunca dejan de pasar. Detenerse definitivamente en un viaje se hace sólo en las estaciones de destino, que generalmente se encuentran en ciudades más grandes, con más maravillas que visitar y una verdadera intención de quedarse. Al final, las estaciones de destino son quienes aparecen en las fotos de Facebook o Instagram con sus turistas risueños y sus filtros color sepia. No tienen por qué estar en ciudades verdaderamente concurridas, simplemente tienen que tener una vía donde el camino muera y los pasajeros decidan que no quieren buscar otro billete que los lleve de vuelta a saber dónde.
Pero las estaciones de paso siguen donde están, en medio de la nada, sin ningún interés más allá del de ser pequeños descansos en un viaje que se antoja largo y aburrido. Y cada pasajero que se baja deja su marca, erosiona un poco las paredes, pule los suelos con sus zapatos. La estación simplemente está ahí para recibir al siguiente, posiblemente porque no sepa hacer otra cosa y esas pequeñas visitas fugaces sirvan para romper su aburrida monotonía o dar un poco de ruido al hall vacío. Quien pasa por esas estaciones se alegra de la parada y las suele recordar, tal vez sin mucho detalle, con gran cariño y agradecimiento. Sin embargo el tren llamará para continuar el trayecto y, aunque a veces sea doloroso, hay que dejar partir a los viajeros. Al final, sólo somos estaciones de paso.
10 octubre, 2014
Copenhague
23 mayo, 2013
Crucero de placer
Domingo, 19 de mayo de 2013
El joven vampiro volvió a cerrar los ojos para disfrutar de la música celestial que emanaba del piano, la dulce cadencia que inundaba sus oídos gracias al magnifico intérprete. Se dejó arrastrar por la fascinación propia de su Clan sin oponer resistencia, se sintió elevado hacia una especie de estado meditativo en el que cada nota era una explosión de colores en su subconsciente, cada cambio de ritmo una puerta a una sala llena de imágenes surrealistas y cada silencio una entusiasmada espera para la siguiente sorpresa. Podrían pasar horas antes de que despertase de aquella ensoñación, pero esta vez no le importó. Esta vez iba a dejarse llevar y... Una ira creciente y furiosa le invadió cuando notó que una titubeante camarera le zarandeaba con suavidad para despertarle y ofrecerle otra bebida (la anterior había acabado lenta pero discretamente en la maceta más cercana). Su mirada casi asesina o tal vez un uso subconsciente de sus habilidades sobrenaturales alejó a la joven con una rápida disculpa en los labios.
La sala donde estaba el piano se había vaciado prácticamente del todo, dejando únicamente a esa pareja de ingleses que se besaban como si no hubiera mañana, el ruso con pinta de mafioso que sobaba sin tapujos a su acompañante bastante más joven que él, el vampiro y el pianista: Giuseppe. Ah, de haber sabido que disfrutaría de tan hermoso músico, con un talento desperdiciado, no habría tenido tantos reparos en embarcar en aquel crucero lleno de mortales fingiendo ser nuevos ricos con una elegancia equiparable a la de un Nosferatu con ropa elegida al azar y recién salido de la alcantarilla en la que viviera. Efectivamente, le estaba costando lo indecible contener sus ganas de provocar una masacre en aras del estilo, la moda y el buen gusto. Pero, lamentablemente, incluso en aguas internacionales como estaban, no sería del todo bien visto. Y eso, sin duda, podría ser un inconveniente.
Aún no sabía cómo se había dejado convencer para un viaje que ponía tan en juego la Mascarada, pero empezaba a hacerse viejo y echaba de menos las emociones fuertes de su juventud, décadas atrás. Además, ¿qué era lo peor que podía ocurrirle? Sin duda no iba a ahogarse y sus correrías nocturnas hacían que fuera sencillo no aparecer en las horas de sol. Por suerte había elegido aquella ruta por sus numerosas paradas de varios días en diferentes puertos mediterráneos y así podía pisar tierra y hacer turismo. Alabado fuese Caín por no haberse encontrado con ningún Vástago peligroso, habida cuenta de que se encontraba en territorio francamente hostil. Las relaciones de la Camarilla con los Giovanni no pasaban por su mejor momento y se estaba saltando a la torera la Segunda Tradición no presentándose ante el Príncipe o mandatario local. Podía provocar un pequeño incidente diplomático, pero lo más seguro era que la situación se saldase con una Caza de Sangre o viendo un último amanecer. Triste, pero efectivo.
El piano volvió a destilar un melancólico sonido que sonaba a triste despedida y última canción de repertorio. La última nota pareció una lágrima cayendo con suavidad en un lago de plata líquida y flotó en el ambiente cuando el pianista se levantó y saludó con una ligera inclinación y una leve sonrisa al último espectador que quedaba en la sala. El vampiro asintió con solemnidad y aplaudió imitando un cierto deje burgués. Había sido una noche excepcional y debía agradecérselo como era debido. Durante un breve pero intenso segundo se planteó invitarlo a su camarote, fingir un apasionado coqueteo y después clavar los colmillos en su cuello para saciar el hambre. Incluso destelló la idea de ofrecerle una nueva vida, hacerle renacer y conservar su talento para siempre. Pero la experiencia le decía que esas historias de folletín nunca acababan bien. Era mejor dejarlo estar y permitirle vivir y morir como su destino le dictase, suponiendo que había un destino o alguien que lo guiase.
Pero el hambre seguía ahí y la Bestia reclamaba su tributo esa noche. Era tarde y cazar en alta mar parecía impensable, pero en un pasillo cualquiera se cruzó con un joven del mostrador de atención al cliente que ya le había sonreído varias veces al verle. Era un menudo muchacho moreno de no más de 25 años, mirada pícara y un cierto aire de suficiencia. Su acento italiano lo delataba en cualquier idioma, pero le daba un toque muy exótico. El vampiro se giró y descubrió que el chico se había girado y le miraba con estudiada intensidad. No era la primera vez que hacia aquello, era evidente, aunque su táctica de seducción dejaba mucho que desear. Daba lo mismo, sería una suculenta cena.
04 diciembre, 2012
Sí, acepto
Martes, 4 de diciembre de 2012
Tal vez no te creas lo que vas a leer en estas líneas. De hecho, ni yo mismo acabo de creérmelo mientras intento ordenar el batiburrillo de ideas que intento plasmar y que, seguramente, no serán más que un pobre reflejo de la realidad. Que las Musas me asistan.
Han sido muchos, muchísimos años de yermas peticiones, preguntas de respuesta vaga y abundantes bromas sobre cuándo, cuándo, cuándo. Reconozco que hubo momentos en los que dudé, días en los que me desesperé y siempre busqué mi tabla de salvación en tu ternura infinita y tus abrazos cálidos como el sol de primavera. Pero no sé si la perseverancia o el cansancio tienen su recompensa y, a primeros de año, se fraguó racionalmente el momento de dar el paso. EL paso. Que sólo sería eso, un mero trámite para formalizar una realidad ya existente.
Los meses transcurrieron como siempre y los mecanismos legales encajaron sin problemas. Empezamos a dar la fecha a familia y allegados y recibimos las primeras muestras de alegría, que se tejían con nuestro buen ánimo y nos daban alas y confianza. Pero sólo era un mero trámite, tampoco era necesaria tanta alegría. O eso nos repetíamos de vez en cuando.
Y sin mucho más, nos plantamos en los días previos al esperado evento. Sí, siempre quedará en el recuerdo que el día anterior fui a comprarme la ropa que llevaría. Pero lo que puedo afirmar es que según me iba probando camisas y americanas, notaba cómo mis fibras nerviosas comenzaban a vibrar haciendo que las míticas mariposas revoloteasen en mi estómago. Tal vez verme con un modelo u otro delante de un estrecho probador lo hacía más real. Tal vez saber que quedaban escasas veinticuatro horas lo dejaba al alcance de la mano. Tal vez sólo fuera sugestión propia del momento. Pero empecé a estar nervioso. Mucho.
El día D me vestí en casa de mis padres y atarme los botones de la camisa ya fue una aventura en sí misma. Me sentía encorsetado, rígido, centrado solamente en llegar a la hora exacta al Juzgado porque esta vez sabía que no me perdonarías un solo minuto de retraso. Y ha sido la vez que más puntual he llegado en toda mi vida. Que nadie me pregunte cómo lo hice. Y allí estabas tú, esperando ya con un buen montón de amigos y familiares. Montón que siguió creciendo con sorpresas de última hora que nos abrazaban, nos felicitaban y nos besaban. Ver en la sala tantísima gente junta, tantas cámaras apuntándonos… Sí, creo que ese fue el momento en el que me sentí querido y arropado, en el que me di cuenta de que somos tan especiales para ellos como lo son para nosotros. Que querían estar ahí para compartir un momento especial en nuestras vidas. Que te cogí la mano más de un momento para asegurarme de que era real.
Te recuerdo exultante, brillante, guapo, elegante, entregado, FELIZ! La ceremonia duró el suspiro habitual y me podían las ganas de sujetarte la cabeza con las manos para que no te escaparas de aquel beso ya marital. Porque ya eras mi marido. Y yo el tuyo. Comenzaba un nuevo principio, un punto y seguido, un capítulo nuevo. La vida no da un giro radical, pero sí que fui consciente de que pequeños detalles no serían como antes, porque aunque sólo era un mero trámite, nos dimos cuenta de que estábamos diciéndolo para tranquilizarnos a nosotros mismos.
Te quiero, marido mío. Soy muy feliz a tu lado y, aunque sé que no va a ser un cuento de hadas, las malas rachas se podrán superar como ya lo hemos hecho. Y ahora los momentos de recuerdo siempre podrán incluir este día por su significado y su importancia en nuestras vidas.
Te quiero.
05 noviembre, 2012
Frustración
Domingo, 4 de noviembre de 2012
El joven vampiro siseó con desesperación contenida mientras notaba cómo la ira se apoderaba de él. Apretó los puños con rabia y trató de alejar de sus pensamientos las ansias asesinas que aullaban como lobos hambrientos. ¡Cómo se había atrevido, esa loca Malkavian, esa lunática sociópata, a robarle delante de sus narices a su presa de esa noche!
Cierto era que, como cualquier depredador, no siempre había conseguido cobrarse el premio de una noche de caza, pero no acababa de acostumbrarse a la idea de una ocasión desperdiciada, un precioso tiempo perdido y un deseo insatisfecho.
Además, había estudiado a aquel joven durante casi una semana, siguiéndole cada noche hasta la puerta de su casa cuando averiguó dónde vivía, había movido sus hilos para conocer sus actividades diurnas, tenía su número de teléfono y hasta había cruzado algunas palabras en la discoteca en la que “casualmente” coincidieron la noche anterior. Casi había saboreado su preciosa vitae en esos momentos en los que tuvo que susurrarle unas palabras al oído para escucharse por encima de la atronadora música electrónica. Había decidido disfrutar de la caza de este ejemplar y había invertido mucho tiempo y recursos en él. ¿Es que ya no se respetaban las antiguas normas de etiqueta?
Pero había tenido que intervenir esa maniática bipolar de estilo gótico y labios rojo burdeos para fastidiar la operación. Ella llegó con su sonrisa encantadora, su mirada desquiciada y ese don que tienen los de su familia para ver más allá de lo evidente. Así, sin saber cómo, en menos de un parpadeo, se lo llevaba de la mano calle abajo para devorar su sangre sin más miramiento. Incluso tuvo la poca delicadeza de volverse a medio camino y dedicar una sonrisa taimada al joven vampiro que seguía con el rostro desencajado por la estupefacción.
¡La maldita zorra se lo había quitado delante de sus narices y ya no había nada que pudiera hacer por evitarlo! Ni una queja formal al Príncipe serviría de nada, ya que no estaba en su Dominio ni era un recipiente que le perteneciera por derecho.
De vuelta a su refugio, el cainita despechado se hundió delicada pero inevitablemente en una profunda melancolía. Tal vez ya era demasiado viejo para seguir utilizando tácticas arcaicas. Las nuevas generaciones campaban a sus anchas usando la tecnología, su cercanía a la Humanidad y su desconocimiento de las reglas de buena conducta hacia los mayores para poder apoderarse de las mejores presas, sin importarles a quién pudieran atropellar por el camino. Y esta vez le había tocado a él. Él, que había deseado hacerlo suyo en una cama con sábanas de seda y luces atenuadas. Él, que había imaginado que suspiraba su nombre cuando notaba los colmillos hundiéndose en su cuello. Él, que casi podía notar su corazón aporreando su frío pecho para revitalizar sus muertas venas de nuevo.
Tal vez, sólo tal vez, era el momento de asumir que ya no era la época de los vampiros románticos de hace doscientos años. Bram Stoker ya había muerto y su novela también. Shelley y Stevenson sólo eran historia. Lugosi se pudría en su ataúd de pino con una capa ajada. Tal vez, sólo tal vez, era el momento de dejar de seleccionar tan cuidadosamente las presas y lanzarse a la caza desenfrenada sólo para saciar el hambre. Sólo tal vez.
31 octubre, 2012
Amores de juventud, amores de madurez
Miércoles, 31 de octubre de 2012
Desde hace un tiempo, compartiendo experiencias y hombros en los que llorar, he vuelto a darme cuenta de un detalle que no tengo muy claro si es de conocimiento general o bien sólo lo he percibido yo porque soy un cínico irredento.
Prácticamente todo el mundo ha tenido uno o varios amores de adolescencia, cuando todo son un puñado de hormonas y bastantes ganas de comerse el mundo con sueños más o menos imposibles. Son esas ocasiones en las que sientes que tu corazón tiene alas cuando ves a la persona amada, cuando lloras con el alma casi literalmente partida porque te han traicionado y cuando poder tener una cena romántica en una hamburguesería es el mejor momento de toda tu vida. Son esas relaciones tan apasionadas y tan descontroladas que, por suerte, están sujetas por nuestra falta de independencia económica y por unos padres que suelen intentar enseñarnos como pueden que aún queda mucha vida por delante.
Cuando los años van pasando factura y las cicatrices en los sentimientos nos hacen un poquito más duros, todo se ve con otra perspectiva y aunque nos seguimos enamorando con las ganas de ser el centro del mundo de quien ya es nuestro centro, de compartir algo más que un par de películas en el cine e incluso construir un futuro juntos, llevamos una protección forjada con las experiencias previas. Algunos, incluso, creemos ver de antemano el final y las segundas intenciones pese a que no solemos acertar, pero es que somos así.
Los casos curiosos los estoy descubriendo ahora, en lo que algunos consideran el inicio de la madurez (no en mi caso, os lo puedo asegurar). De vez en cuando conozco a alguien con una biografía en la que hay una ausencia de estos amores locos de juventud, bien porque sigue con la misma pareja con la que estrenó su virginidad sentimental o bien porque nunca ha sentido esa pasión arrebatadora que aprisiona los sentidos. Y, curiosamente, otra persona aparece en su vida que les abre las mismas puertas de la gloria y el mazazo es, siendo elegante, como una patada en donde a los chicos nos duele más. De pronto, toda esa contención de años, todas las presas de ríos de plenitud espiritual, empiezan a fluir como un torrente desbordado que arrasa con todas las ideas asentadas y muchas veces deja al descubierto algunas que incluso se desconocía que existieran. El terremoto supera la escala conocida y no suele quedar nada en pie que recuerde remotamente a nuestra vida anterior. Vida, por otra parte, que jamás volverá a ser igual por más que queramos dar un paso atrás. Además, ya no somos adolescentes.
Sin embargo, el mayor peligro que descubro en estas situaciones es que, justamente, que ya no somos adolescentes. Aunque sea poca, hay una cierta independencia económica que otorga libertad suficiente. Y tampoco tenemos unos progenitores frenando nuestros salvajes latidos con consejos de toda la vida y frases vacías. Podemos hacer viajes cruzando el país porque él (ella) tiene un catarro o bien hemos visto el anillo que encajaría de forma perfecta en su dedo. Nuestros amigos no nos comprenden porque sentimos un fuego tan arrebatador que nos consume las sinapsis cerebrales, por más que sus palabras sean las más sensatas que hemos podido escuchar en años. Nos sentimos en el derecho de vivir las experiencias al límite ya que no las hemos vivido antes. Nada puede detenernos porque tenemos el corazón tan hinchado, que se nos escapa del pecho.
Seguramente todos hemos conocido historias con finales más o menos felices, con parejas que aprovechaban la ocasión para desplumar al Romeo (o Julieta) ciego y generoso, con rupturas que uno de los amantes de Teruel no acaba de aceptar y se arrastra por el lodo suplicando una segunda (o tercera, o novena, o vigésima) oportunidad, con más gritos de despedida y menos abrazos sentidos… Son el día a día de nuestros “amores de madurez”, ante lo que los preocupados espectadores no podemos hacer otra cosa que aguardar pacientemente para recoger los pedazos de nuestro amigo (o amiga) y recomponerlos lo mejor posible para que pueda seguir caminando.
Así pues… ¿es mejor no dejar de ser nunca un adolescente o madurar con la serenidad propia de los años? ¿Mejor seguir cometiendo locuras para no dejar de sentirnos inflamados por la pasión o contenernos para no exceder nuestros límites y los que se nos imponen? O, simplemente, aceptar lo que la vida nos deja por el camino y reaccionar según nos pida el cuerpo.
10 octubre, 2012
Tu cuello
Miércoles, 10 de octubre de 2012
Ah, inocente mortal, aquí estás de nuevo a sabiendas de lo que va a pasar y de lo que va a significar… Últimamente has venido a mí más a menudo que el resto, destacando entre los demás con tu acento extraño, tu mirada morbosa y tu sonrisa de galán de los años cincuenta. Los favoritos van y vienen con rapidez, pero tú has sabido aprovechar tu momento y ganarte el favor que sólo concedo a unos cuantos.
Sí, tienes madera para convertirte en un Condenado como yo, pero no lo haré, Sé que la imagen edulcorada y brillante de los de mi raza puede ser engañosa aunque seguramente no durarías ni media década antes de que cayeras en manos de la Inquisición, algún Sabbat envalentonado o rompiendo alguna vez la Mascarada. No, no estás preparado aún y no creo que lo estés nunca. Pero aquí estás, dispuesto para mí, ofreciéndote para que me alimente de tu preciosa y cálida sangre.
Te has desnudado prácticamente del todo, dejando que tu piel quede descubierta para que pueda acariciarte y notar cómo se te eriza el vello por la emoción del momento. Quieto, de pie en mitad de la habitación, permites que te examine como un comprador a su caballo de carreras: paso el dedo por tu espalda, amaso los músculos del hombro, pellizco tu muslo… Me satisface, ya lo sabes, por eso te he elegido a ti esta noche.
Levemente, pero de forma evidente, inclinas tu cabeza para dejar el arco de tu cuello completamente descubierto a mis más bajas pasiones. Por un momento siento que la Bestia está a punto de tomar el control y arrastrarme a un hambre asesina, pero uso toda mi voluntad para contenerla y hacer que me permita disfrutar del momento. El momento en el que me coloco detrás de ti y te abrazo con fuerza, no sé si para evitar que te muevas o para que sientas mi frío pecho sin latidos más pegado a ti. Tu pulso se acelera, parece que el corazón se saldrá de tu cuerpo como siga así. Ese bum-bum me grita que siga, que te ofreces, que eres mío. Como desees.
Pero primero me deleito, olfateo tu suave piel y descubro que has vuelto a ponerte la colonia que sabes que tanto me gusta, la que te deja ese aroma fresco pero masculino. Te rozo con la punta de la nariz, desde la oreja hasta el hombro, así alargo tu placer y el mío. Tu cabeza se inclina más y mis labios van dejando un rastro húmedo recorriendo el camino inverso que acabo de terminar. De tus labios entreabiertos se escapa un suave gemido de placer que incrementa mi pasión. Termino con suaves succiones en la zona elegida, donde ya ha empezado a acumularse tu circulación.
Despacio, sin importar el tiempo, abro mi boca y exhalo mi aliento caliente, por el mero placer de notar cómo tiemblas con un nuevo gemido. Sí, no puedo contenerme más, la necesidad comienza a ser abrumadora. Aún así, sin un ápice de prisa descubro mis colmillos y apoyo las puntas sobre la zona de tu aorta. Cuando crees que voy a quedarme parado lo que queda de noche, lanzo la cabeza hacia atrás en un gesto rápido y hundo mis dientes en tu delicada piel. La sangre mana hacia mi boca y el placer que os provoca a los mortales el Beso consigue que tus piernas flaqueen y acabemos ambos abrazados (yo a tu espalda, tú a mis brazos) en el suelo. Me parece oír a lo lejos que tú suspiras de placer, mientras que yo no puedo evitar mis rugidos victoriosos al tragar.
Te veo tendido en la cama, ya completamente desnudo. El sexo para mí siempre ha sido una desagradable consecuencia y un merecido premio para mis víctimas, pero aún así supongo que sigo dejándome llevar por la emoción del momento y por un pequeño sentimiento de culpa. Duermes y respiras con tranquilidad, has tenido suerte y mañana podrás seguir viviendo. Pero debes tener cuidado, pequeño mortal, no siempre puedo contenerme. Tal vez sea el momento de que dejes de ofrecer tu cuello con tanta confianza. O yo de aceptarlo.
04 octubre, 2012
Esto es cosa de dos
Jueves, 4 de octubre de 2012
Siempre se dice que una pareja es cosa de dos y con los años me he ido dando cuenta de que no hay nada más lejos de la realidad. Una pareja la conforman dos personas, sin duda, en eso la RAE es bastante estricta, pero sin embargo la realidad es que las cosas de la pareja no son sólo de los conformantes de la misma.
Ninguna pareja, por cerrada y asocial que sea, se libra de tener “agentes externos” que influyen en su relación de un modo o de otro. Quien no tiene una familia que no deja de llamar, tiene a la muy mejor amiga que siempre está queriendo quedar o el grupo del colegio que se reúne dos veces al mes para volver a contar las batallitas de siempre.
Cuando la pareja tiene un problema, siempre se dice que es mejor dejar que solucionen sus problemas “porque es cosa de dos”. Error de nuevo. Cada parte suele (no siempre) elegir una o varias personas con las que poder descargar sus temores, sus dudas, sus problemas y recibir a cambio algo de comprensión, de consejo o simplemente de cariño. Siempre hay quien prefiere tragarse lo que siente y fermentarlo en la soledad de sus pensamientos, pero de alguna manera siempre acaba saliendo fuera. Incluso por recomendación de psicólogos, esto es sano y recomendable, pero entonces la pareja ya no es “cosa de dos”.
Los amigos ayudan, la familia apoya, por lo que su influencia al final se deja notar de un modo o de otro. ¿Quién no ha tenido una conversación de pareja en la que aparecen frases como “me han dicho”, “piensan que”, “me han recomendado”? La pareja ya no es cosa de dos, forma parte de un conjunto, de un todo, de un entramado. Negarlo es negar que el sol sale cada mañana. Pero aún hay quien cree en el modelo creacionista de la evolución, así que…
Y sería hurgar mucho incluir cuando las “cosas de dos” incluyen a terceras personas con intereses sentimentales bien marcados hacia una de las partes. Las relaciones que se rompen porque hay otro(s)/otra (s) están a la orden del día. ¿Es también cosa de dos? Digo yo que el otro vértice también tendrá algo que ver.
Hace tiempo que me di cuenta de que la sociedad, la educación que nos dan desde niños y, sobre todo, las películas de Disney, nos hacen tener una visión muy retorcida e inexacta de lo que una relación de pareja debería ser. Los amores pasionales de los tres primeros meses no duran para siempre. El príncipe viene a rescatarte (con suerte) una vez en tu vida, princesa. Las tardes paseando por París son más fáciles cuando vives en París. Mirarte embelesado durante horas hace que te acabes por aprender todas sus espinillas y lunares. El sexo también requiere esfuerzo, ganas y negociación. Las tareas de la casa no son cosa de uno solo ni se hacen solas. Tus/sus padres seguirán creyendo que eres su hijito del alma y te tratarán como tal. Tus amigos verán la parte de la relación que les quieras mostrar y se sorprenderán cuando se enteren de tus más sucios secretos (aunque ya los conozcan). Y, cómo no, cuando eres un vampiro, no dejas de serlo por arte de magia.











