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17 julio, 2015

Sólo una pesadilla

Sábado, 18 de Julio de 2015

El joven vampiro caminaba sin saber muy bien ni dónde estaba ni hacia dónde se dirigía. Una espesa niebla lo envolvía todo y evitaba que se divisara más allá de unos centímetros de sus ojos. Ni tan siquiera sus sentidos agudizados al máximo lograban traspasar esa barrera impenetrable, lo cual indicaba que tenía algún componente mágico o sobrenatural. Aún así seguía caminando más por la fuerza de la costumbre que por un verdadero deseo de llegar a ninguna parte.

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De una forma casi instintiva, notaba a su alrededor presencias que le susurraban en un lenguaje que desconocía. Poco a poco fue captando palabras sueltas y finalmente descubrió que era una cacofonía de gritos y voces que se dirigían a él directamente, alejándose y acercándose para dejar mensajes muy perturbadores.

“No vales nada, estúpido chupasangre, no vales nada de nada. ¡Inútil!”

“Estás solo, ¿es que no lo ves? Nadie te va a ayudar, ni siquiera tú mismo”

“Ya no sabes ni cómo se llora, has perdido hasta esa pizca de sentimientos que te quedaban. No eres más que un cadáver andante”

“Tú eras un Príncipe, estabas en la cumbre. Y ahora nadie se acuerda de ti. Tus tiempos de gloria pasaron, pero sigues sin asumirlo. ¡Imbécil!”

“Todos estaban a tus pies… O eso creías. Te engañaste a ti mismo, todo fueron imaginaciones tuyas. Lo único que hacían era estar cerca de ti para reírse más de tus estupideces”

“¿Crees que contabas con aliados? ¿Con amigos? No les sirves de nada, no tienes nada que ofrecerles. Deja de ser una carga en sus vidas. ¡No vales nada!”

“Nunca supiste defenderte bien de tus enemigos, hicieron lo que quisieron contigo. Todas las batallas importantes se han librado dentro de esa cabeza hueca que tienes. Y siempre las perdías tú, ¡qué irónico!”

“La ilusión de tu supuesta Humanidad no engaña ni a un ciego. La perdiste hace tiempo y ahora te agarras a la esperanza de que no eres un monstruo. Bienvenido a la realidad, monstruo de caricatura”

“¿Fuerza de voluntad? Nunca tuviste ni una centésima parte de la necesaria para hacer nada por ti mismo. Sólo te dejabas llevar. Y ni siquiera eso lo haces bien”

“Te haces viejo. Más aún. ¿Esperas que el tiempo te respete? Se nota a la legua que ha sido bastante cruel contigo”

“Tuviste tu propio Rebaño y si no los has matado tú, te han ido abandonando cuando les han ofrecido vitae más exquisita. No sabes ni retener a los mortales”

“¡Cobarde! Siempre murmurando que vas a ver el próximo amanecer y antes de que asome el primer rayo corres a ocultarte en lugar seguro”

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Las voces seguían disparando con mucho acierto y las sentía como golpes físicos que le vapulearan constantemente. El vampiro intentó seguir avanzando hasta que las fuerzas le fallaron y cayó de rodillas. Se sujetó la cabeza con las manos y trató de gritar, pero sólo consiguió que unas lágrimas carmesí brotaran de sus ojos. Deseaba alejarse de aquellas voces, pero sólo se hacían más y más fuertes.

De pronto, inspirando un aire que no necesitaba para llenar sus muertos pulmones, se despertó de la terrible pesadilla con la sensación de que aún sentía aquellas voces rebotando en su cabeza. “Malditos Malkavians, pensó, ¿qué les habré hecho yo para que me torturen así?”

14 julio, 2015

Estaciones de paso

Martes, 14 de julio de 2015

Mi marido, que siempre guarda sus perlas ocultas de grandísima sabiduría para iluminarme, dejó caer el otro día mientras conducía de vuelta a casa una frase tan obvia, que no se me había ocurrido nunca: “cariño, nosotros sólo somos estaciones de paso.”

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En ese momento hablábamos de un conocido que durante unos meses se ha convertido en un nuevo amigo con el que es agradable estar, con quien decides cenar de vez en cuando y su compañía empieza a ser una pequeña rutina en tu vida. Sin embargo, esta situación cambia cuando aparece el amor (en su vida, la mía la tengo ya bastante cubierta en ese sentido). Unido a que debe cambiar de ciudad por trabajo, que su familia está lejos, que tal vez se sienta un poco solo, ahora ocupa prácticamente todo su tiempo en su incipiente relación. Por lo tanto, los ratos con los amigos se han reducido a la mínima expresión. Las emociones fuertes es lo que tienen. Una frase que yo uso mucho: “antes tenía amigos y ahora tiene pareja”.

Pero es cierto que la perla de sabiduría provocó una cierta reflexión que quería compartir y por eso retomo mi polvoriento blog para ello. Ser estación de paso. Porque cuando los viajeros se detienen en una, tal vez no sean conscientes de que no van a permanecer demasiado tiempo, pero siempre el justo para disfrutarla, aprovechar la sombra de interior, cobijarse del frío y la lluvia o bien tomar un café para despejarse antes de coger el siguiente tren.

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Y los trenes, lo queramos o no, nunca dejan de pasar. Detenerse definitivamente en un viaje se hace sólo en las estaciones de destino, que generalmente se encuentran en ciudades más grandes, con más maravillas que visitar y una verdadera intención de quedarse. Al final, las estaciones de destino son quienes aparecen en las fotos de Facebook o Instagram con sus turistas risueños y sus filtros color sepia. No tienen por qué estar en ciudades verdaderamente concurridas, simplemente tienen que tener una vía donde el camino muera y los pasajeros decidan que no quieren buscar otro billete que los lleve de vuelta a saber dónde.

Pero las estaciones de paso siguen donde están, en medio de la nada, sin ningún interés más allá del de ser pequeños descansos en un viaje que se antoja largo y aburrido. Y cada pasajero que se baja deja su marca, erosiona un poco las paredes, pule los suelos con sus zapatos. La estación simplemente está ahí para recibir al siguiente, posiblemente porque no sepa hacer otra cosa y esas pequeñas visitas fugaces sirvan para romper su aburrida monotonía o dar un poco de ruido al hall vacío. Quien pasa por esas estaciones se alegra de la parada y las suele recordar, tal vez sin mucho detalle, con gran cariño y agradecimiento. Sin embargo el tren llamará para continuar el trayecto y, aunque a veces sea doloroso, hay que dejar partir a los viajeros. Al final, sólo somos estaciones de paso.

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31 octubre, 2012

Amores de juventud, amores de madurez

Miércoles, 31 de octubre de 2012

Desde hace un tiempo, compartiendo experiencias y hombros en los que llorar, he vuelto a darme cuenta de un detalle que no tengo muy claro si es de conocimiento general o bien sólo lo he percibido yo porque soy un cínico irredento.

Prácticamente todo el mundo ha tenido uno o varios amores de adolescencia, cuando todo son un puñado de hormonas y bastantes ganas de comerse el mundo con sueños más o menos imposibles. Son esas ocasiones en las que sientes que tu corazón tiene alas cuando ves a la persona amada, cuando lloras con el alma casi literalmente partida porque te han traicionado y cuando poder tener una cena romántica en una hamburguesería es el mejor momento de toda tu vida. Son esas relaciones tan apasionadas y tan descontroladas que, por suerte, están sujetas por nuestra falta de independencia económica y por unos padres que suelen intentar enseñarnos como pueden que aún queda mucha vida por delante.

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Cuando los años van pasando factura y las cicatrices en los sentimientos nos hacen un poquito más duros, todo se ve con otra perspectiva y aunque nos seguimos enamorando con las ganas de ser el centro del mundo de quien ya es nuestro centro, de compartir algo más que un par de películas en el cine e incluso construir un futuro juntos, llevamos una protección forjada con las experiencias previas. Algunos, incluso, creemos ver de antemano el final y las segundas intenciones pese a que no solemos acertar, pero es que somos así.

 

Los casos curiosos los estoy descubriendo ahora, en lo que algunos consideran el inicio de la madurez (no en mi caso, os lo puedo asegurar). De vez en cuando conozco a alguien con una biografía en la que hay una ausencia de estos amores locos de juventud, bien porque sigue con la misma pareja con la que estrenó su virginidad sentimental o bien porque nunca ha sentido esa pasión arrebatadora que aprisiona los sentidos. Y, curiosamente, otra persona aparece en su vida que les abre las mismas puertas de la gloria y el mazazo es, siendo elegante, como una patada en donde a los chicos nos duele más. De pronto, toda esa contención de años, todas las presas de ríos de plenitud espiritual, empiezan a fluir como un torrente desbordado que arrasa con todas las ideas asentadas y muchas veces deja al descubierto algunas que incluso se desconocía que existieran. El terremoto supera la escala conocida y no suele quedar nada en pie que recuerde remotamente a nuestra vida anterior. Vida, por otra parte, que jamás volverá a ser igual por más que queramos dar un paso atrás. Además, ya no somos adolescentes.

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Sin embargo, el mayor peligro que descubro en estas situaciones es que, justamente, que ya no somos adolescentes.  Aunque sea poca, hay una cierta independencia económica que otorga libertad suficiente. Y tampoco tenemos unos progenitores frenando nuestros salvajes latidos con consejos de toda la vida y frases vacías. Podemos hacer viajes cruzando el país porque él (ella) tiene un catarro o bien hemos visto el anillo que encajaría de forma perfecta en su dedo. Nuestros amigos no nos comprenden porque sentimos un fuego tan arrebatador que nos consume las sinapsis cerebrales, por más que sus palabras sean las más sensatas que hemos podido escuchar en años. Nos sentimos en el derecho de vivir las experiencias al límite ya que no las hemos vivido antes. Nada puede detenernos porque tenemos el corazón tan hinchado, que se nos escapa del pecho.

Seguramente todos hemos conocido historias con finales más o menos felices, con parejas que aprovechaban la ocasión para desplumar al Romeo (o Julieta) ciego y generoso, con rupturas que uno de los amantes de Teruel no acaba de aceptar y se arrastra por el lodo suplicando una segunda (o tercera, o novena, o vigésima) oportunidad, con más gritos de despedida y menos abrazos sentidos… Son el día a día de nuestros “amores de madurez”, ante lo que los preocupados espectadores no podemos hacer otra cosa que aguardar pacientemente para recoger los pedazos de nuestro amigo (o amiga) y recomponerlos lo mejor posible para que pueda seguir caminando.

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Así pues… ¿es mejor no dejar de ser nunca un adolescente o madurar con la serenidad propia de los años? ¿Mejor seguir cometiendo locuras para no dejar de sentirnos inflamados por la pasión o contenernos para no exceder nuestros límites y los que se nos imponen? O, simplemente, aceptar lo que la vida nos deja por el camino y reaccionar según nos pida el cuerpo.