01 diciembre, 2010

Epílogo de un cuento

 

Martes, 30 de noviembre de 2010

(Este epílogo no tiene mucho sentido si no se conoce el cuento que yo suelo llamar “el granjero y el gorrión”, que es una adaptación muy libre de uno de Oscar Wilde")

… y cuando el granjero abrió las manos frente a la princesa, se veía que en una llevaba la solicitada rosa roja y, en la otra, un gorrión muerto.

¡Y seguro que la princesa se quedó mirando con cara de asco! La muy zorra no tenía ni puñetera idea del sacrificio que había costado su pueril capricho. No, ella quería una rosa roja en invierno, pero aquel pájaro muerto… Claro, demasiado elegante para entenderlo, demasiado acostumbrada al oropel y a las perlas. Era un maloliente granjero quien le traía la rosa roja, no el apuesto príncipe en el brioso corcel.

Los sollozos del granjero no dejaban de agitarle el pecho, pero la princesita tuvo los santos cojones de alzar aún más la barbilla y ordenar que echaran de palacio a aquel pobretón. ¿Para qué iba a preguntar a qué venía el pichón muerto? ¿Cómo iba ella, tan digna, tan sublime, a casarse con aquel muerto de hambre? No, no, no. Haría que lo decapitaran o algo así. Que desapareciera de su vista, que lo expulsaran del reino. Así sería como si no hubiera ocurrido nunca.

sangre

Además, ¿qué era esa asquerosa mancha que había quedado en la alfombra del Gran Salón? De un puntapié hizo que un guardia la examinara y tuvieron el valor de decirle que era sangre. ¡Sangre! Ese paleto de provincias había estropeado uno de los mejores regalos de un reino cercano. Tendría que hacerle decapitar allí mismo, para que todos entendieran que no se ensucian las cosas de la princesa. Ese bobalicón sollozante no sería un problema a partir de entonces. ¡Ella era una princesa, por el amor de Dios!

Salió de allí acompañada del revoloteo de sus damas de honor, tan horrorizadas como ella por la dantesca escena. En un ataque de ira destrozó el dibujo que estaba bordando, rompió dos o tres espejos al tirarles jarrones de incalculable valor y desgarró sus vestidos de seda cuando empezó a rozar la histeria. Acabó llorando desconsoladamente en un cama con dosel de tules y echó a golpes a sus doncellas para poder sentirse tan desgraciada y tan sola. Ella quería al príncipe que se había imaginado, no a ese desgraciado que se había reído de ella con esa rosa falsa y ese animal muerto.

 

Los guardias se apiadaron del granjero y simplemente le echaron del palacio diciéndole que no se acercara nunca más allí. El joven emprendió el largo camino a su casa con el corazón roto por el dolor y el desengaño. Cuando llegó a su casa, preparó una pequeña tumba donde depositó a su buen amigo el gorrión junto con la rosa, que aún se conservaba fresca y goteaba alguna gota de sangre tibia. Hubiese querido enterrar su corazón, pero lamentablemente lo necesitaba para seguir viviendo.

arrancar el corazon

Dicen que se volvió el hombre más triste del pueblo, que nunca volvió a sonreír, que se dedicó únicamente a cultivar rosas rojas, incluso en invierno. Dicen que cuando lo encontraron ahorcado, sólo había dejado una nota pidiendo que sus cenizas fueran esparcidas sobre la tumba de su buen amigo el gorrión.

No le hicieron caso, fue enterrado en el cementerio del pueblo en una ceremonia discreta y sencilla.